MARISELA, UNA MUJER CHIAPANECA

 

Me gustaría hablaros de Marisela, una mujer que conocí en Chiapas, México, durante la realización de mis prácticas de salud internacional y cooperación como enfermera en una clínica de salud rural de una comunidad indígena ubicada en la zona Selva de Chiapas. Marisela era una mujer indígena, perteneciente a la etnia tzeltal. Tenía 40 años, 6 hijos vivos (Tendría 8 si no hubieran muerto dos de ellos en su primer año de vida) y esperaba a dar a luz al noveno de ellos, porque, nuevamente, estaba embarazada. Como mujer y tzeltal que era, no sabía hablar castellano, por lo que siempre venía a sus consultas de control del embarazo acompañada de su esposo, ya que éste, como la mayoría de los hombres del lugar (e indígenas), sí sabía hablar castellano. Además, la comunidad en la que vivía Marisela se encontraba a una distancia de la clínica de más de 1 hora en vehículo, por lo que realizar el viaje acompañada siempre es de agradecer.

Marisela era una paciente muy responsable, ya que acudía a la clínica para su control mensual del embarazo todos los meses. Además, ella contaba con antecedentes de riesgo relacionados con la tensión arterial en uno de sus embarazos. Esto es algo muy peligroso ya que la vida del bebé y de la madre puede correr peligro si no se controla de la manera adecuada. Este antecedente, ligado a que ya era su noveno embarazo, más su avanzada edad (40 años), hacían del embarazo de Marisela realmente un embarazo de riesgo. Ella lo sabía, era consciente de su situación y por eso mismo no fallaba a ninguna de las citas de control, en las cuales la gestación iba perfectamente y sin complicaciones.

La tan esperada fecha se acercaba. Al ser un embarazo con tantos factores de riesgo se decidió derivar a Marisela al hospital correspondiente de la región, para que a partir de entonces el especialista en obstetricia y ginecología se hiciera cargo de la paciente, la conociera y pudiera atender su parto con todos los recursos que en teoría existen en el hospital y de los cuáles no disponíamos en la clínica, de tal manera que ante una posible complicación en el momento del parto ésta fuera resuelta de la manera más efectiva posible. Así pues, Marisela marchó al hospital municipal acompañada, por supuesto, de su historia clínica en la que se indicaba minuciosamente todos y cada uno de sus antecedentes de riesgo, así como los datos de todos sus controles mensuales. En definitiva, toda la información que a cualquier médico le pueda interesar para conocer y tratar a una nueva paciente.

Aproximadamente un mes después de derivar a Marisela al hospital, un día acude su esposo a la clínica. Esta vez no viene con Marisela, pero viene con una bebé que apenas tendría semanas de vida. Su esposo nos da la noticia: Marisela ha muerto durante el parto.

Sus palabras caen como un jarro de agua fría, nos impactan y se nos hacen incomprensibles ¿Cómo pudo ser? Habíamos llevado el embarazo de Marisela hasta un mes antes del parto y todo iba según lo debido, aunque fuera un embarazo de riesgo no había ningún signo de alerta del que preocuparse. Su esposo nos narró su versión de los hechos y nos enseñó los informes de consulta de las veces que Marisela había acudido a su cita en el hospital y en los que, curiosamente, en muchos días faltaba el dato de su tensión arterial…

Nos contó que el mismo día del parto, unas horas antes, Marisela empezó a encontrarse mal estando en casa. Tenía fuertes dolores de cabeza, le decía a su esposo que veía borroso además de comenzar con las contracciones propias del embarazo. Ante estos síntomas, decidieron acudir al hospital porque, como parturienta experta, Marisela ya sabía reconocer que su bebé estaba en camino. Una vez en urgencias, el esposo nos cuenta que tienen que esperar 4 horas para ser atendidos. Pese al aparente mal estado de Marisela y la posible salida inminente del bebé, ningún personal sanitario se acercó para ingresar a Marisela hasta que empezó a convulsionar en la sala de espera. Ahora sí. De la forma más rápida posible hacen firmar una hoja al esposo para poder introducir a Marisela al quirófano porque únicamente le dicen que tienen que operarla para sacarle a su bebé. Una hora más tarde, le entregan a su nueva hija y le dicen que Marisela desafortunadamente ha perdido mucha sangre y que ha fallecido.

Llegadas a este punto, cabe preguntarse, ¿Por qué murió Marisela?

Desde el punto de vista clínico diríamos que Marisela murió por un síndrome que se puede dar en las embarazadas, y que tiene que ver con su tensión arterial, conocido como preeclampsia.

Esta preeclampsia derivó en convulsiones. En este momento hay que realizar cesárea para salvar tanto a madre como a bebé. Una vez en quirófano, Marisela sufre una hemorragia la cual le conduce hasta la muerte.

Pero, ¿Es realmente esta la causa de la muerte de Marisela?

La muerte de Marisela, de origen aparentemente clínico, tiene sus raíces en tres determinantes muy claros: Ser mujer, ser pobre y vivir en un contexto de baja renta. Además, si le añadimos que era indígena, tenemos el billete en primera clase hacia una muerte asegurada.

El simple hecho de nacer niña en una familia pobre de un país pobre ya está decidiendo el futuro de esa niña, por supuesto, nada prometedor. Las niñas de familias pobres muy precozmente se ven obligadas a abandonar la escuela (si es que llegan a asistir) para adoptar el ejercicio de las tareas domésticas y de cuidado del hogar, históricamente ligado a la mujer, por lo que su nivel de alfabetización es escaso, a veces nulo, arrastrándolas en un futuro próximo a los trabajos más simples y con sueldos precarios, en el caso de que algún día accedan al trabajo “asalariado” y no se dediquen íntegramente a las tareas de reproducción y cuidado del hogar. Apenas siendo adolescentes se les concierta uniones o matrimonios de conveniencia con hombres que puedan mantenerlas económicamente. La falta de empoderamiento y de toma de decisiones que acompaña a la mujer desde que nace hace que en su matrimonio no tenga capacidad de decisión, de cuántos hijos quiere tener o cuándo quiere tenerlos. Esta falta de poder y decisión en sus relaciones sexuales hace que las mujeres sean utilizadas únicamente con fines reproductivos hasta conseguir tener el hijo varón deseado en toda familia y, una vez conseguido, la mujer queda relegada como objeto sexual al antojo del hombre para satisfacer sus necesidades sexuales cuando él quiera.

El papel de la mujer relegada a la función reproductivo, tanto en el sentido biológico como doméstico, sitúa a la mujer en una dependencia económica respecto al hombre, por lo que en muchas ocasiones, ante la aparición de un proceso de salud-enfermedad, la decisión de acudir al médico la tiene en último lugar el padre de familia como administrador de la economía familiar y, por tanto, figura que representa el poder.

Por otro lado, es habitual que las clínicas o consultorios de salud de las comunidades indígenas cuenten con recursos muy limitados, tanto materiales como humanos. Además, el personal de salud en muchas ocasiones no está capacitado de la manera adecuada, por lo que la atención en salud que se ofrece a la población no es la óptima, influyendo así en el diagnóstico y tratamiento de las personas y, en definitiva, en la salud última de la población.

Por último, el hecho de ser indígena es motivo suficiente para sufrir el racismo y la violencia estructural propias de las instituciones vinculadas al gobierno. Es vergonzoso ver cómo en los hospitales municipales de comunidades indígenas, donde el porcentaje de población indígena es de más del 90%, apenas existen traductores que puedan comunicarse con ellos y explicar todo lo relacionado con los procedimientos que se lleven a cabo. Además, que la atención y las prácticas realizadas en esta población son bastante cuestionables y dudosas. Para ejemplo, el caso de Marisela, el cual todo él es un despropósito: En sus informes de derivación de la clínica al hospital se explicaba bien claro que tenía antecedentes de tensión arterial en el embarazo y, posteriormente, en los informes del hospital que nos entregó su esposo pudimos ver como muchos días ni se la tomaron. Tuvo que esperar 4 horas en la sala de urgencias a ser atendida, en pleno proceso de parto y seguramente, de no haber convulsionado, hubiera tenido que esperar más o quién sabe si su hija hubiera nacido ahí mismo. Este es un claro ejemplo de violación del derecho básico a la salud.

Para ir acabando, podemos concluir que el hecho de ser pobre y de ser mujer en un contexto de baja renta supone mayor probabilidad de morir. Esto se conoce como desigualdades sociales de salud, puesto que el hecho de enfermar o morir tiene su origen en razones de clase y de género, siendo esto totalmente injusto y evitable. Además, cabría conceptualizar la muerte de Marisela como mortalidad materna. Por el simple hecho de dar vida, la mujer muere. Y aquí, cabe preguntarse: ¿Es la muerte materna un feminicidio?