HABLEMOS DE EDUCACIÓN

Autora: Clàudia Salas

Cuando pensamos en la palabra educación, lo primero que nos viene a la mente es una educación institucionalizada que ubicamos dentro de los muros de la escuela. Además, otorgamos los procesos educativos a procesos que recibe la infancia, es decir, relacionamos la educación a algo que se hace o se dirige a los y las  niñas, damos por supuesto que las personas adultas ya están educadas.

La gran mayoría de las personas suelen pensar en los procesos educativos como procesos metidos dentro de un itinerario formativo, un proceso de aprendizaje unidireccional donde alguien enseña y los/as otros/as aprenden. Si que es verdad que cada vez hay más corrientes pedagógicas que conciben la educación como un proceso de enseñanza-aprendizaje, un proceso bidireccional donde todo el mundo enseña y todo el mundo aprende.

Pero dentro del imaginario colectivo, la educación sigue teniendo unas connotaciones muy tradicionales relacionadas con la educación institucionalizada dentro del ámbito escolar. Es decir, una educación formal, organizada por un currículum que marca los conceptos a aprender y los momentos en los que hay que hacerlo. Un currículum establecido por un estado o administración pública, que muchas veces se aleja de la realidad de las escuelas.

Este pensamiento es muy peligroso puesto que se deja toda la responsabilidad de la educación de nuestra sociedad a la escuela (a los y las maestras), y se exime de esta responsabilidad a todo el resto de agentes educativos, como pueden ser las instituciones públicas y privadas, y a las personas a título individual (medios de comunicación, políticas públicas, etc.) Todas las personas tienen la responsabilidad social de educar, de formar parte del cambio de modelo de sociedad y, por lo tanto, de ser un ejemplo a seguir para el resto de personas, sobre todo, para niños y jóvenes. La importancia de educar la conciencia crítica es fundamental para la transformación social en pro de los derechos humanos.

Se nos presenta de manera repetida que vivimos en el mejor de los modelos posibles, que las políticas y los estilos de vida son completamente sostenibles, y que las luchas por los derechos humanos y la mejora de la calidad de vida ya no tienen ningún sentido, porque ya vivimos bien. Escondido tras la falsa ilusión de la sociedad del bienestar, está la sociedad de consumo, presentada como la solución a todos los problemas, donde poder satisfacer nuestras ilusiones y deseos y dejando de lado la lucha social para la mejora de la calidad de la vida de todo el planeta.

La politización de la ciudadanía, la ocupación de las calles y la recuperación de la voz que se expresan actualmente en múltiples iniciativas, en las que el carácter asambleario, de autogestión y alternativo al modelo dominante son pilares centrales, forman parte de lo que se entiende hoy por Ciudadanía Global. Una ciudadanía crítica, empoderada y activa que participa colectivamente en acciones de transformación.

Debemos reconocer estas tendencias para entender y re-situar la importancia y el papel que juega la Educación en el actual proceso de globalización, es decir, en la transformación y formación de nuestras sociedades.

La construcción de una ciudadanía global implica la participación y compromiso de forma activa para transformar la realidad, la concienciación en relación con los Derechos Humanos y el respeto a la diversidad frente a la injusticia y la exclusión.

Así pues, ¿Qué entendemos como educación? ¿Cómo tendrían que ser los procesos educativos que promuevan una conciencia crítica y transformadora? Y es aquí cuando adquiere relevancia la Educación para el Desarrollo, la cual debería ser el eje transversal de cualquier proceso educativo, ya sea institucionalizado o no.

No existe una única definición de Educación para el Desarrollo, ya que se trata de un concepto muy amplio, dinámico y que incorpora distintas dimensiones y ámbitos de actuación. Pero en términos generales, podríamos decir que la Educación para el Desarrollo debe ser una aproximación al conocimiento de las realidades y las causas que explican las desigualdades existentes en el mundo y condicionan nuestras vidas como individuos pertenecientes a cualquier cultura y lugar del planeta.

Es vital que seamos capaces de conseguir que cada vez más personas en nuestra sociedad se pregunten qué impacto tienen nuestro sistema de vida sobre los países más empobrecidos del mundo y que a partir de ello, revisen sus propios hábitos cotidianos y de consumo, reforzando un compromiso personal de solidaridad con los países empobrecidos y encontrando expresiones concretas de compromiso con la construcción de un mundo más justo y solidario.

Es importante que los procesos educativos emancipatorios tomen más fuerza para concienciar ante realidades y modelos de convivencia no sostenibles, y para la construcción de alternativas frente al desarrollo capitalista y hetero-patriarcal. La educación emancipadora visibiliza la dimensión política que habita en los procesos educativos y en las relaciones enseñanza-aprendizaje, desde el discurso y la teoría crítica para la acción transformadora. Desde su sentido más holístico, busca construir sujetos políticos con capacidad de actuar en el mundo, siendo capaz de interrelacionar lo local-global y su carácter multidimensional, de analizar y transformar desde visiones críticas de la realidad y las distintas realidades, y formar parte de una ciudadanía activa, movilizada, comprometida con la construcción de un mundo que cuide a las personas y al planeta, mediante la construcción de alternativas y desde la acción transformadora.

La realidad actual nos muestra un mundo manifiestamente mejorable, donde la situación es mayoritariamente responsabilidad de las personas y, por tanto, la solución también está en ellas. Es en este momento donde la Educación se nos presenta como herramienta imprescindible para transformar la realidad hacia un mundo mejor.

Pero para enfrentar estos desafíos en mejores condiciones es imprescindible aglutinar el máximo número de fuerzas para actuar en la misma dirección, en el impulso de una socialización crítica que construya ciudadanía comprometida y solidaria.

Para conseguir transformar la sociedad se necesita mucho más que un sistema educativo formal institucionalizado y “controlado” por el estado. Son necesarios centros educativos, familias, medios de comunicación, ONG, entidades, asociaciones de vecinos, etc. Y, además, es necesario que no se queden en la acción puntual. Hace falta caminar hacia la coherencia, aunque sea complicado. Por ejemplo: hacen falta colegios que abran las puertas a las ONGD, es cierto, pero es más importante que expliquen en geografía que la pobreza no se debe en exclusiva a las acciones corruptas de los gobiernos africanos. Necesitamos ayuntamientos con convocatorias de cooperación, si, pero sobretodo necesitamos que no inunden sus marquesinas y autobuses de anuncios que sólo promueven el consumismo. Son necesarios medios de comunicación que hablen de la situación del mundo. Pero también que eviten contratar a columnistas que siembran el odio hacia los inmigrantes. Es decir, necesitamos coherencia en las acciones de todos los actores implicados en la educación de la sociedad.

Como comenta Claudio Naranjo en muchas de sus entrevistas, actualmente la educación está al servicio del poder y las empresas, porque la misión inconfesada de la educación es mantener a la gente igual, que todas las personas sean iguales, que no cambien.

Nos hace falta una educación, a todos los niveles, enfocada a promover un desarrollo humano sostenible y justo a nivel global, y no una educación que cree trabajadores que perpetúan el pensamiento neoliberal y el sistema heteropatriarcal dominante.

La educación es el arma más poderosa que puedes usar para cambiar el mundo” (Nelson Mandela)