EL CONSUMISMO DESENFRENADO

Autora: Ana Puebla

Con el paso del tiempo y la relación directa con el voluntariado en terreno, he ido observando una actitud que se repite una y otra vez en las personas que tenemos estas experiencias, aun siendo entre nosotras, muy diferentes.

Una actitud que quizás en nuestro país de origen no tenemos tan acentuada, o que incluso de una manera consciente, intentamos limitar para ser sostenibles en nuestras prácticas. Hablo del conocido, consumismo desenfrenado.

Y cuando hablo de consumismo, no me estoy refiriendo solo a comprar cosas para reventar la maleta. Me refiero al consumo por el consumo. Ese que te lleva a sentirte hasta rara si estás un solo día sin gastar.

Hablo, por supuesto, desde mi experiencia vital y lo que he podido observar que me sucede y sucede a mi alrededor al viajar o cuando estoy en entornos de cooperación internacional.

Cuando recién llegas a tu destino, antes incluso de poder conectar con lo que estás sintiendo y gestionarlo, encuentras una extraña sensación de seguridad en comprar. Galletas o dulces que ya conoces, cafés o tés a todas horas (aunque ni te apetezca), este pañuelito porque es muy chulo, 50.000 pulseras porque seguro que a todo el mundo le encantan (y por este precio!!), 300 rollos de incienso que probablemente se te romperán en el viaje de vuelta, 20 camisetas que en dos lavados están para trapos, bisutería a diestro y siniestro, imágenes de deidades que ni conoces ni vas a investigar, especias de todo tipo que luego no recuerdas cómo se llamaban, una mochila porque es demasiado barata

Nos pasa a todos y a todas.

En la India y en Perú, por ejemplo, mis primeras experiencias como voluntaria, reventé la mochila y renové el armario de verano por completo.

Consumir de por sí, evidentemente, nada malo tiene. Todas sabemos que incluso tiene su repercusión positiva para el mercado local, siempre y cuando, compremos local.

Es el exceso de la conducta lo que me hace preguntarme cuál es el origen de ello. Por qué nos sucede siempre en este tipo de contextos. Porqué es a través del consumo que nos sentimos y nos identificamos con nuestras experiencias vitales.

¿Es el consumismo una forma de medir todo lo que hoy por hoy hacemos? Las experiencias, las relaciones románticas, el arte, el contenido, la información, la comida…

Me pregunto si ya ha llegado ese momento irrevocable en el que la forma en que nos enfrentamos al mundo y a la vida está, quizás, mediada por un sentir neoliberal donde todo puede gestionarse a través del consumo. Donde no sabemos estar sin intentar poseer para luego, rápidamente, desechar y volver a empezar de cero esa misma sensación.

Incluso en tiempos de pandemia, donde se supone que nos estamos replanteando todo (algunas personas por lo menos), me encuentro a mí misma imaginando escenarios felices que no conllevan más que el consumo de algo nuevo. Porque, sin mi nueva adquisición de experiencia, o de esa agenda súper guapa de un grupo de artistas minoritarias que me hace destacar en mi entorno, ¿quién sigo siendo?

Supongo que, a nivel emocional, consumir es una zona conocida.

Un lugar que te garantiza poder y control, y en el que la vulnerabilidad depende de la fase de adquisición en la que te encuentras, la cual ya manejas perfectamente.

Una manera incluso de relacionarte contigo misma y con lo que te rodea.

Interesante tomar conciencia, ¿no? Sobre todo, si hablamos de contextos de cooperación.

Tanto si viajamos como profesionales, como si lo hacemos de voluntarias, no estaría de más plantearse la razón y finalidad con la que consumimos, e incluso, qué tipo de productos o experiencias elegimos.

Ser responsable con lo que adquieres no es sólo una tarea cuando estás en tu país o/y tienes el dinero justo. Que el lugar donde llegas sea más barato, no quiere decir que necesites más cosas (o porque te guste, no quiere decir que tengas que comprarte 300).

Por otro lado, encuentro interesante plantearse, desde la honestidad, qué es justo y coherente, y qué no. Comprar regalos a tus amigos/as y familiares, es un detalle bonito siempre. Comprar cosas que te recuerden tu experiencia, o productos locales que sólo puedes probar en ese lugar, creo que tiene un sentido que equilibra la balanza (siempre y cuando, el hecho en sí sea equilibrado).

Comprar más barato para sacar dinero en tu país vendiéndolo, por ejemplo, promueve que el comercio internacional siga siendo injusto y reforzamos la pobreza de las personas a las que le compras, con la idea, falaz desde mi punto de vista, del riesgo de la intermediación.

O aceptar precios mucho más altos porque en realidad, para ti, siguen siendo baratos y te da igual, solo promueve la subida generalizada de la vida en ese país y que haya servicios a los que la gente local ya no pueda acceder.

Esto como algunos de los ejemplos más corrientes a la hora de la comercialización en países empobrecidos. Por no hablar de gentrificación de todos los países en general, a causa de un turismo insostenible o de la contaminación global porque si no cojo 5 vuelos al año, parece que no soy nadie.

Por supuesto, todo lo que nombro tiene muchos matices y es debatible en cada caso, pero mi reflexión sigue girando en torno a la necesidad de tomar conciencia y responsabilidad social con respecto a nuestro papel, al menos, en este tipo de entornos.