Autora: Martina Zingari

Texto escrito sobre la pandemia de la COVID-19. Sept, 2020

(…)

A partir de ese momento, desde el Tíbet en el Neolítico, hasta el Egipto de los faraones y la antigua Grecia, han sido centenas de hallazgos arqueológicos que testimonian el profundo lazo que une la historia de dos especies que han ido expandiéndose juntas, en todos los continentes, a excepción del Antártico.

Aunque, por supuesto no en todo el mundo esta relación se ha ido desarrollando de la misma forma ya que, a pesar de que los perros gozan en teoría de los derechos reunidos en la Declaración Universal de los Derechos de los Animales de la ONU (1978), en muy pocas ocasiones se respeta.

“La grandeza de una nación y su progreso moral pueden ser juzgados por cómo esta trata a los animales”, decía Gandhi

En realidad, la relación de una sociedad con los animales del entorno depende, en gran medida de su cultura, que a su vez es modelada por la historia, la cosmología, las necesidades y las experiencias. Es por ello que decía que en cada lugar del mundo se desarrolla de forma diferente.

Recuerdo que, cuando vivía en Nepal, un día se desencadenó en la pequeña aldea donde trabajaba una desenfrenada caza al perro callejero que había mordido a más de una persona. Por lo visto, tenía rabia.
Lo mataron a palos ante el júbilo del pueblo entero, y me pareció completamente lógico y normal aunque se me puso la piel de gallina al escuchar la noticia.
¿Práctica bárbara o necesidad de seguridad y salud común paliada (mal) directamente por la vecindad?
Y sobre todo: ¿Quién somos nosotras para dar una respuesta?

El ser humano con sus asentamientos, sus coches, sus ruidos y pitidos, sus ritmos locos, hacen del espacio un lugar muy poco habitable para el resto de las especies, y hasta en el país más “civilizado”, el maltrato animal sigue estando a la orden del día. Por ejemplo, las calles de nuestras ciudades están pobladas por perros-bebés: se llevan en brazos o en un bolso, llevan ropita y hasta carritos para su transporte.
Es probable que muchos de estos animales desarrollen conductas indeseadas: ladrido excesivo, ansiedades, miedos, agresiones. Todo esto pasa porque a menudo se antropoformiza el perro y se piensa que lo que necesita es lo más parecido a una vida humana.

Antropocentrismo: dónde volvemos a fallar

Como en muchos otros ámbitos del conocimiento humano, partimos de un concepto supremacista: creemos quizás que nuestra percepción, nuestros sentidos, nuestra forma de comunicación son las correctas y pretendemos que nuestra mascota haga lo mismo, sin pararnos a pensar que el perro no es un ser humano, es un perro.
Es un animal completo, perfecto tal y como es, y aunque su experiencia y sus códigos sean diferentes a los nuestros, no son inferiores.

La cosa más inteligente que podemos hacer es aceptar estas diferencias y aprender de ellas y con ellos.
Y volvemos a la necesidad de confrontarnos con el otro de forma empática y respetuosa. Sin prejuicios.

Un intercambio saludable

Para mí redescubrir esta convivencia ancestral ha sido, durante el aislamiento y el desconcierto de la pandemia del Covid19, una forma como otra de sentirme mejor. Me he volcado en el cuidado y en la educación de dos perros y de otros animales, y esto me ha ayudado enormemente a pasar la cuarentena sin secuelas psicológicas (aparentes).

Continuará.

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