Co-evolucionando I

Martina Zingari

Texto escrito sobre la pandemia de la COVID-19. Sept, 2020

La cuarentena obligatoria y las medidas de prevención de la Covid19 han redimensionado completamente nuestra forma de comunicar, de percibir y de vivir las relaciones, poniendo patas arriba el orden de las cosas tal y como lo conocíamos y poniendo en discusión nuestro modelo de desarrollo como especie.

Tantos meses de encierro y reflexión me han llevado a analizar muchas facetas del impacto del ser humano en el planeta, incluyendo su relación con la naturaleza, sobre todo en lo que se refiere al mundo animal.
Con esto no me refiero solo a los jabalís y a los zorros que, durante la cuarentena, han aprovechado del parón humano para salir de sus madrigueras y frecuentar zonas donde antes raramente eran vistos, o a las variedades de pájaros e insectos que han podido recuperar los cielos y reproducirse en una primavera inesperadamente tranquila para ellos. Tampoco me refiero a la ganadería, argumento que merecería un libro aparte.

Estoy hablando de un famoso compañero proveniente del lobo, con el que según los estudios más recientes, nos aliamos hace por lo menos 60.000 años. Desde entonces, no nos hemos dejado nunca.
Observándonos desde cerca, adaptándose de forma magistral a nuestras extravagancias, como cazador, medio de transporte, guerrero o guardia, hasta meterse en nuestro propio hogar y acabar con el sofá del salón, el encuentro e intercambio con el canis familiaris, más conocido como perro, ha sido determinante para el desarrollo social y cultural del homo sapiens.
De hecho, en términos científicos se habla de co-evolucion: el ser humano ha aprendido del perro y el perro ha evolucionado a través de su interacción con el hombre. A través de la imitación, por ejemplo, de las técnicas de caza de los lobos, hemos aprendido a desarrollar estrategias grupales y complejas para el abastecimiento de comida, al contrario de como cazan los monos antropomorfos que, a pesar de ser más cercanos evolutivamente a nosotros, no se mueven en manada y atrapan pequeñas presas.

Una relación maternal

Todo el mundo sabe que : “el lobo fue domesticado por los hombres, que lo utilizaban como compañero de caza”. La domesticación del lobo ha sido siempre un ámbito muy masculinizado, quizás por relacionar el desarrollo humano con la evolución de las armas y de los métodos de aprovisionamiento de comida.

Nada más lejos de la realidad: los/as historiadores/as están de acuerdo con que los perros actuales, a excepción de los nórdicos y de los de origen chino-japonés, proceden de unas variaciones de lobos que existían en el área comprendidas en torno al Mediterráneo y hasta Mesopotamia durante todo el Paleolítico Superior. En esas zonas el matriarcado era frecuente, acompañado por la poliandría y la línea de sucesión femenina. Tradicionalmente, las mujeres tenían la responsabilidad de recolectar frutos, raíces, huevos y pequeños animales en un entorno muy variado y muy salvaje, poblado por infinidad de otras especies. Probablemente en esas batidas se hallaron lobeznos también, que fueron atrapados y consumidos la mayoría, pero algunos fueron utilizados por las mujeres para paliar el dolor de mama, ya que en la época sus bebés gozaban de muy pocas probabilidades de supervivencia. Entre los animales de los cuales disponían en su entorno, los pequeños lobos eran los que más se parecían a un bebe humano a la hora de amamantar.
Así fue como, poco a poco las mujeres de la región fueron seleccionando los cachorros con los rasgos más infantiles, los más juguetones y mansos, descartando los caracteres más agresivos. Esos individuos, reproduciéndose entre ellos, han ido conformando la especie del canis familiaris, tal y como la conocemos hoy en día.

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Autora:

Martina Zingari

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