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Anyone in the world

Ana Chiverto Aguado

Marzo de 2019. Ampliación septiembre de 2019.

Género, Cooperación para el desarrollo



Me gustaría compartir con vosotras y vosotros uno de esos viajes que te hacen reflexionar sobre la educación, pero también sobre la vida y lo esencial de la misma. Y me permito el lujo de escribir desde lo más personal, desde la emoción y no tanto desde la cabeza… estando agradecida a quienes lean estas líneas.

Hace pocos días volví de El Aioun, uno de los campamentos de refugiados saharauis que se encuentra desde hace más de 40 años en parte del desierto argelino en calidad de “pueblo olvidado”. Un lugar más que infértil, con muy duras condiciones de vida, habitado por un pueblo fuerte, luchador y con una esperanza que todavía hoy, y a pesar de todo, no ha desaparecido. La esperanza de volver a su tierra.

Una de las cosas que más me llamó la atención es que las más de 176.000 personas que viven en el desierto como refugiadas de guerra en los diferentes campamentos del Sahara tienen como prioridad absoluta la educación de sus niños y niñas, porque de verdad creen que la educación puede cambiar el mundo. 

Sorprende que tras un conflicto bélico en el que familias enteras tienen que cruzar a pie cientos de kilómetros para encontrar refugio en el desierto, una de las pocas cosas que conservan durante su viaje sean unas pequeñas tablillas y tizas para que niños y niñas, de futuro incierto, continúen formándose. Y es que la educación es muy importante, porque te hace libre. Y la libertad en el Sahara está muy cotizada.

El sistema educativo saharaui, totalmente gratuito, es uno de los aspectos de esta cultura donde no existen las diferencias de género. A pesar de no ser obligatorio ir a la escuela todas las familias viven como una obligación moral dotar a sus hijos e hijas de una educación, y valoran mucho el esfuerzo y los buenos resultados escolares.

Y permitidme que me sorprenda cuando hablo de escolarización plena en un lugar en el que hay días en los que el polvo a penas te deja caminar entre las jaimas, un lugar donde la temperatura llega a los casi 60 grados en los meses de verano, un lugar donde una pequeña tormenta se lleva tu casa, un lugar donde el agua escasea y la alimentación es de baja calidad, donde los niños y niñas caminan cada día hacia la escuela, todavía hoy con un futuro incierto. 

Con gran ilusión llené mi maleta de bonitos proyectos que contar, porque mi cometido allí era colaborar en un proyecto de formación de 36 maestras de escuelas infantiles, de primaria y secundaria. Tenía que compartir experiencias de participación de toda la comunidad educativa dentro de las aulas, de manera que les ayudara a conocer otros modelos educativos para dar un impulso a su tradicional sistema. Era fundamental intentar que hicieran redes de apoyo entre ellas y que se abrieran a la colaboración con las familias.

Y llegó el día de compartir. Y llegó el día de agradecer. De agradecer el que estuvieran allí… Mujeres que llevaban a sus espaldas el haber sostenido la dureza de la guerra; mujeres que habían construido hogares donde la mayoría sólo pensó que se recogería muerte; mujeres que no habían elegido ser maestras, simplemente les había tocado en el reparto de profesiones; mujeres que se levantaban temprano cada día para atender a sus hijos e hijas, la casa, la comida y después caminar hacia la escuela (algunas de ellas durante más de hora y media) para escucharme; mujeres que posiblemente la mejor comida que tuvieran en el día fuera la de esos días de escuela junto a otras muchas mujeres como ellas; mujeres valientes, mujeres todavía con fuerza para querer cambiar un sistema educativo y darles lo mejor a sus niños y niñas, y es que lo mejor que tienen allí está, indudablemente, en la calidad de las personas y la comunidad que generan.

Y yo, con mis proyectos en la mochila, desde el primer día sólo pude agradecer desde la humildad y el respeto a este pueblo la oportunidad que me brindó la vida. E intentar ofrecer un espacio de aprendizaje en el que fueran sólo ellas, sin labores, sin cargas, sin miedos, sin penas. Sólo ellas. Un espacio en el que volvieran a jugar como cuando eran niñas, en el que contásemos cuentos, en el que soñásemos con espacios para jugar, en el que riéramos mucho, porque eso sí, la sonrisa nunca la han perdido.

Es difícil imaginar una revolución educativa en un lugar en el que las jaimas volaban por los aires con las tormentas de arena; Y donde después, las casas de adobe desaparecían bajo las pocas gotas que cayeran en el desierto pero un lugar donde a día de hoy levantan sus casas con ladrillos resistentes… Un lugar donde la revolución educativa tiene que venir desde la misma fuerza, desde la mirada de un pueblo que lucha, que aprende y se reinventa cada día. Un lugar donde en los muros de sus escuelas se habla de libertad, y de la importancia de la educación para cambiar el mundo.

Estoy segura de que me traje más de lo que dejé… y sólo puedo agradecer a estas 36 mujeres todo lo que aprendí de ellas y junto a ellas. 

Los meses han pasado y siete meses después, el equipo que viajamos hasta el Sahara tenemos conocimiento de los resultados y la repercusión que tuvo nuestra formación. A día de hoy, continúo estando muy orgullosa de todo el trabajo que han realizado estas mujeres, que han conseguido generar pequeñas redes de colaboración para transformar espacios de juego y de participación, con recursos materiales y humanos muy precarios. 

La repercusión en las escuelas y la comunidad educativa ha sido tan grande que el gobierno saharaui está interesado en continuar con la colaboración para que se hagan intervenciones en otros campamentos. 

Semillas que vemos florecer gracias a la pasión y fuerza de la comunidad. 











[ Modified: Friday, 13 March 2020, 7:16 PM ]
 
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by Mar García - Friday, 13 March 2020, 6:49 PM
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Me gustaría hablaros de Marisela, una mujer que conocí en Chiapas, México, durante la realización de mis prácticas de salud internacional y cooperación como enfermera en una clínica de salud rural de una comunidad indígena ubicada en la zona Selva de Chiapas. Marisela era una mujer indígena, perteneciente a la etnia tzeltal. Tenía 40 años, 6 hijos vivos (Tendría 8 si no hubieran muerto dos de ellos en su primer año de vida) y esperaba a dar a luz al noveno de ellos, porque, nuevamente, estaba embarazada. Como mujer y tzeltal que era, no sabía hablar castellano, por lo que siempre venía a sus consultas de control del embarazo acompañada de su esposo, ya que éste, como la mayoría de los hombres del lugar (e indígenas), sí sabía hablar castellano. Además, la comunidad en la que vivía Marisela se encontraba a una distancia de la clínica de más de 1 hora en vehículo, por lo que realizar el viaje acompañada siempre es de agradecer. 

Marisela era una paciente muy responsable, ya que acudía a la clínica para su control mensual del embarazo todos los meses. Además, ella contaba con antecedentes de riesgo relacionados con la tensión arterial en uno de sus embarazos. Esto es algo muy peligroso ya que la vida del bebé y de la madre puede correr peligro si no se controla de la manera adecuada. Este antecedente, ligado a que ya era su noveno embarazo, más su avanzada edad (40 años), hacían del embarazo de Marisela realmente un embarazo de riesgo. Ella lo sabía, era consciente de su situación y por eso mismo no fallaba a ninguna de las citas de control, en las cuales la gestación iba perfectamente y sin complicaciones.

La tan esperada fecha se acercaba. Al ser un embarazo con tantos factores de riesgo se decidió derivar a Marisela al hospital correspondiente de la región, para que a partir de entonces el especialista en obstetricia y ginecología se hiciera cargo de la paciente, la conociera y pudiera atender su parto con todos los recursos que en teoría existen en el hospital y de los cuáles no disponíamos en la clínica, de tal manera que ante una posible complicación en el momento del parto ésta fuera resuelta de la manera más efectiva posible. Así pues, Marisela marchó al hospital municipal acompañada, por supuesto, de su historia clínica en la que se indicaba minuciosamente todos y cada uno de sus antecedentes de riesgo, así como los datos de todos sus controles mensuales. En definitiva, toda la información que a cualquier médico le pueda interesar para conocer y tratar a una nueva paciente.

Aproximadamente un mes después de derivar a Marisela al hospital, un día acude su esposo a la clínica. Esta vez no viene con Marisela, pero viene con una bebé que apenas tendría semanas de vida. Su esposo nos da la noticia: Marisela ha muerto durante el parto.

Sus palabras caen como un jarro de agua fría, nos impactan y se nos hacen incomprensibles ¿Cómo pudo ser? Habíamos llevado el embarazo de Marisela hasta un mes antes del parto y todo iba según lo debido, aunque fuera un embarazo de riesgo no había ningún signo de alerta del que preocuparse. Su esposo nos narró su versión de los hechos y nos enseñó los informes de consulta de las veces que Marisela había acudido a su cita en el hospital y en los que, curiosamente, en muchos días faltaba el dato de su tensión arterial...

Nos contó que el mismo día del parto, unas horas antes, Marisela empezó a encontrarse mal estando en casa. Tenía fuertes dolores de cabeza, le decía a su esposo que veía borroso además de comenzar con las contracciones propias del embarazo. Ante estos síntomas, decidieron acudir al hospital porque, como parturienta experta, Marisela ya sabía reconocer que su bebé estaba en camino. Una vez en urgencias, el esposo nos cuenta que tienen que esperar 4 horas para ser atendidos. Pese al aparente mal estado de Marisela y la posible salida inminente del bebé, ningún personal sanitario se acercó para ingresar a Marisela hasta que empezó a convulsionar en la sala de espera. Ahora sí. De la forma más rápida posible hacen firmar una hoja al esposo para poder introducir a Marisela al quirófano porque únicamente le dicen que tienen que operarla para sacarle a su bebé. Una hora más tarde, le entregan a su nueva hija y le dicen que Marisela desafortunadamente ha perdido mucha sangre y que ha fallecido.

Llegadas a este punto, cabe preguntarse, ¿Por qué murió Marisela? 

Desde el punto de vista clínico diríamos que Marisela murió por un síndrome que se puede dar en las embarazadas, y que tiene que ver con su tensión arterial, conocido como preeclampsia.

Esta preeclampsia derivó en convulsiones. En este momento hay que realizar cesárea para salvar tanto a madre como a bebé. Una vez en quirófano, Marisela sufre una hemorragia la cual le conduce hasta la muerte.

Pero, ¿Es realmente esta la causa de la muerte de Marisela?

La muerte de Marisela, de origen aparentemente clínico, tiene sus raíces en tres determinantes muy claros: Ser mujer, ser pobre y vivir en un contexto de baja renta. Además, si le añadimos que era indígena, tenemos el billete en primera clase hacia una muerte asegurada.

El simple hecho de nacer niña en una familia pobre de un país pobre ya está decidiendo el futuro de esa niña, por supuesto, nada prometedor. Las niñas de familias pobres muy precozmente se ven obligadas a abandonar la escuela (si es que llegan a asistir) para adoptar el ejercicio de las tareas domésticas y de cuidado del hogar, históricamente ligado a la mujer, por lo que su nivel de alfabetización es escaso, a veces nulo, arrastrándolas en un futuro próximo a los trabajos más simples y con sueldos precarios, en el caso de que algún día accedan al trabajo “asalariado” y no se dediquen íntegramente a las tareas de reproducción y cuidado del hogar. Apenas siendo adolescentes se les concierta uniones o matrimonios de conveniencia con hombres que puedan mantenerlas económicamente. La falta de empoderamiento y de toma de decisiones que acompaña a la mujer desde que nace hace que en su matrimonio no tenga capacidad de decisión, de cuántos hijos quiere tener o cuándo quiere tenerlos. Esta falta de poder y decisión en sus relaciones sexuales hace que las mujeres sean utilizadas únicamente con fines reproductivos hasta conseguir tener el hijo varón deseado en toda familia y, una vez conseguido, la mujer queda relegada como objeto sexual al antojo del hombre para satisfacer sus necesidades sexuales cuando él quiera.

El papel de la mujer relegada a la función reproductivo, tanto en el sentido biológico como doméstico, sitúa a la mujer en una dependencia económica respecto al hombre, por lo que en muchas ocasiones, ante la aparición de un proceso de salud-enfermedad, la decisión de acudir al médico la tiene en último lugar el padre de familia como administrador de la economía familiar y, por tanto, figura que representa el poder.

Por otro lado, es habitual que las clínicas o consultorios de salud de las comunidades indígenas cuenten con recursos muy limitados, tanto materiales como humanos. Además, el personal de salud en muchas ocasiones no está capacitado de la manera adecuada, por lo que la atención en salud que se ofrece a la población no es la óptima, influyendo así en el diagnóstico y tratamiento de las personas y, en definitiva, en la salud última de la población.

Por último, el hecho de ser indígena es motivo suficiente para sufrir el racismo y la violencia estructural propias de las instituciones vinculadas al gobierno. Es vergonzoso ver cómo en los hospitales municipales de comunidades indígenas, donde el porcentaje de población indígena es de más del 90%, apenas existen traductores que puedan comunicarse con ellos y explicar todo lo relacionado con los procedimientos que se lleven a cabo. Además, que la atención y las prácticas realizadas en esta población son bastante cuestionables y dudosas. Para ejemplo, el caso de Marisela, el cual todo él es un despropósito: En sus informes de derivación de la clínica al hospital se explicaba bien claro que tenía antecedentes de tensión arterial en el embarazo y, posteriormente, en los informes del hospital que nos entregó su esposo pudimos ver como muchos días ni se la tomaron. Tuvo que esperar 4 horas en la sala de urgencias a ser atendida, en pleno proceso de parto y seguramente, de no haber convulsionado, hubiera tenido que esperar más o quién sabe si su hija hubiera nacido ahí mismo. Este es un claro ejemplo de violación del derecho básico a la salud.

Para ir acabando, podemos concluir que el hecho de ser pobre y de ser mujer en un contexto de baja renta supone mayor probabilidad de morir. Esto se conoce como desigualdades sociales de salud, puesto que el hecho de enfermar o morir tiene su origen en razones de clase y de género, siendo esto totalmente injusto y evitable. Además, cabría conceptualizar la muerte de Marisela como mortalidad materna. Por el simple hecho de dar vida, la mujer muere. Y aquí, cabe preguntarse: ¿Es la muerte materna un feminicidio?

 
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En el año 2017 fui invitada a la facultad de Trabajo Social por La profesora María Teresa García y la profesora María Isabel Martín Estalayo  para poder compartir un espacio de reflexión acerca del Trabajo Social en Cooperación al Desarrollo y metodologías participativas para la intervención y acción.

Como antigua alumna de dicha facultad accedí emocionada y me encantó poder compartir este tiempo de la mano de estas  grandes profesionales y del alumnado interesado en este campo.

Además, tuve la suerte de poder contar con Gita Kandel, amiga nepalí residente en España desde hace 4 años que colabora con la ONG Nepal Sonríe y que ha estado trabajando como parte de  una ONG nepalí que regentaba una casa de acogida, cuando vivía allí.

Aunque el tema principal por el que realicé esta sesión fue presentar la ONG Nepal Sonríe y poder explicar la filosofía con la que se trabaja, también  tuve la oportunidad de poder compartir la vinculación del Trabajo Social con en el ámbito de la Cooperación al Desarrollo. Y es que, en mi opinión, no son disciplinas separadas, mucho tienen que ver la una de la otra y la mirada con la que intervenimos tiene que ser la misma tanto en España, como en Nepal, puesto que debemos ver a las personas como agentes y sujetos de cambio las cuales, sólo cuando toman conciencia de su realidad mediante la participación y acción, pueden resolver sus problemas.

Desde el punto de vista profesional de la Cooperación al Desarrollo, se debe trabajar con las personas  beneficiarias la comprensión de su realidad, observando las necesidades y, a partir de ahí, orientar la práctica y la intervención siendo siempre ellos y ellas las generadoras del autoconomiento de la realidad. La participación ha de ser una actitud y un valor que vaya implícito en nuestra forma de trabajar e intervenir con el colectivo o la persona.

Como dice mi compañero de profesión Diego Villalón y voluntario de la ONG Nepal Sonríe "se busca hacer partícipes a las comunidades de su propio proceso de análisis de situación, identificación y priorización de necesidades y problemáticas y a la par en la búsqueda de soluciones que se adecuan en sus particularidades culturales, locales, en los aspectos económicos, políticos, familiares y, como entidades externas tienen que ofrecer ese apoyo en ese proceso siendo ellos y ellas los protagonistas".

El modelo a seguir, desde mi punto de vista, son las ideas de Paulo Freire, que considera que las personas empobrecidas deben identificar, analizar y comprender su realidad y  que ello se transforme en empoderamiento o concienciación.

Para acabar, vuelvo a hacer mención a Diego Villalón citando sus palabras "El trabajo social y la Cooperación al Desarrollo está muy ligadas entre sí y es necesario personas involucradas e interesadas que ayuden a evolucionar con respecto a este campo de manera más ética y respetuosa dando importancia a la cultura y diversidad para ayudar a conseguir un mundo más global en el que se respeten las diferencias y prevalezca las personas como seres humanos y sean los protagonistas de su propio proceso de autonomía y autodeterminación".

 

 



[ Modified: Tuesday, 25 February 2020, 7:52 PM ]
 
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by Ana Apellidos - Tuesday, 3 September 2019, 12:11 AM
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by Site Owner - Monday, 2 September 2019, 8:27 AM
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[ Modified: Monday, 2 September 2019, 8:53 AM ]